Has no content to show!
13 Junio 2018

Lo suyo es el béisbol, pero Andrés Manuel López Obrador se ha erigido en un buen boxeador en los debates presidenciales. Tres combates en los que Anaya fue quien lanzó los golpes más certeros, pero ninguno sirvió para tumbar al líder de Morena. A menos de tres semanas de la cita con las urnas, la sensación de que en su tercer intento se impondrá con holgura, resulta cada vez más evidente.

Que el debate con más sustancia fuese el más aburrido da una idea del punto al que ha llegado esta elección. Los candidatos lograron por fin copar de promesas y buenas intenciones el encuentro, eso sí, sin que estas fuesen novedosas ni argumentando cómo las desarrollarán. Un terreno más favorable para Meade y Anaya, duchos en la materia, que terminó por beneficiar a López Obrador. Cuanto más proponían sus rivales, más se alejaban de lograr un golpe de efecto con el que revertir la ventaja del puntero.

En época mundialista, Anaya confió en la máxima de que el mejor ataque es una buena defensa, cuando lo que en realidad necesita es un empacho de goles para poder remontar en el último suspiro. El aspirante del Frente perdió mucho tiempo en tratar de demostrar que no está manchado por la corrupción, una sombra que se ha instalado sobre él y de la que no da la impresión que vaya a poder despegarse. Cuando se enfrentó a López Obrador, la defensa del líder de Morena se agrietaba con facilidad.

Más frustrante resultó el debate de José Antonio Meade. El aspirante del PRI llegaba a la tercera cita como esos equipos que titubean en el arranque del torneo pero que logran engrasarse en la fase final. Esa sensación quedó tras la anterior cita, en Tijuana, de la que salió victorioso. Esta vez dio la impresión de que no se sentía cómodo sobre el terreno de juego. Una vez más, la versión del Meade funcionario, acaso la más solvente, se comió a la del candidato, la más débil, pero la que, en realidad, opta por la presidencia. Los intentos por hacer pasar a Ricardo Anaya por alguien corrupto se diluyen en la medida en que esa es la carga que más pesa sobre el partido al que representa.

Las tácticas fallidas de sus rivales propiciaron, de nuevo, que a López Obrador le bastase con contemporizar. Poco parece costarle que sus propuestas sean las menos desarrolladas y que para todos los males él encuentre la solución en acabar con la corrupción. Sin decir cómo, más allá de confiar en su honestidad. La ventaja que lleva ya no es solo numérica. En estos tiempos en los que las emociones son el mejor aliciente para ganar, López Obrador ha vuelto a trasladar la sensación de haber logrado otra victoria sin anotar un gol.

 

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