| El progreseño don Rubén Flores Pérez, a sus 88 años de edad, gran inventor yucateco |
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Todos hemos tenido la fortuna de conocer a personas con diversas capacidades, profesiones y ética. Por ejemplo, muchos hemos convivido con maestros que curiosamente nunca aprendieron que lo que deben enseñar es a aprender a pensar, y no lo que se debe pensar. Hablando de maestros, conocemos a abogados que estudian Derecho para trabajar chueco, y por desgracia, los buenos son malos cristianos salvo honrosas excepciones. También allá están los grandes médicos y los no tan grandes, pues ocasionalmente cuando uno va detrás del féretro de su paciente, a veces la causa sigue al efecto. Siguiendo la nota de la muerte, allá están los reporteros, quienes el texto luctuoso lo cocinan como un puchero de letras y el lector le pone los sentidos que quiera, y estos con su sazón predilecto alimentan a la profesión que comúnmente no requiere alguna preparación, es decir, la política, que cuando les conviene hacen lo posible imposible, a diferencia de los inventores como don Rubén que hacen lo imposible posible. ¿Usted conoce algún inventor y que sea yucateco? Posiblemente la respuesta será un rotundo NO. Por fortuna tenemos entre nosotros al progreseño don Rubén Flores Pérez, quien hoy, a sus 88 años de edad, sigue soñando tal y como hace más de medio siglo. La vida de don Rubén inició de manera similar a la de muchos yucatecos, quien desde muy pequeño se vio en la necesidad de ayudar al sostenimiento de su familia, debido a que su papá, de condición humilde, se dedicaba a la venta de hielo que transportaba en su rancio carretón impulsado por una mula. Todas las mañanas, don Rubén acompañaba a su papá a vender hielo a los comercios, mientras que por la tarde asistía a la escuela primaria, la cual tuvo que abandonar cuando llegó al sexto año debido a que la condición económica de su familia no le permitía continuar sus estudios. Siendo ya un joven, llegó a los cuadriláteros como boxeador amateur, logrando en poco tiempo 20 victorias y sólo dos derrotas en la categoría de peso gallo. Pasados los años y en plena Segunda Guerra Mundial, su inquietud lo llevó a conocer otras latitudes: viajó a los Estados Unidos y se alistó en la "The Western Pacific Railroad Company" donde laboró fabricando implementos utilizados durante guerra. Luego de algunos periplos, regresó a Mérida y aplicó lo aprendido, dedicándose a la tornería fina (milimétrica). En su afán de sobresalir en un medio hostil, se consagró a la investigación "del por qué de las cosas", llevándolo con ello a perfeccionar las Máquinas Mondadoras de Naranjas (peladoras de naranjas), las cuales, por aquellos tiempos, las había en presentaciones campechanas, beliceñas, alemanas e inglesas, y todas ellas tenían el común denominador: estaban fabricadas con material de hierro a base de engranes, por lo que pesaban entre 10 y 12 kilogramos. Don Rubén, tal como un Ciro Peraloca, a base de ingenio y creatividad, se le ocurrió la genial idea de adecuarle barras y resortes en vez de engranes, que luego de aciertos y errores -común en la labor de perfeccionar- diseñó el prototipo final de la máquina de pelar naranjas, para convertirlas en prácticos artefactos con un peso de tan sólo de 2.50 kg., la cual, vista de frente, tiene en relieve el nombre de "Rubén Flores", así como el lugar, Mérida, Yucatán, y bazar de fierros, y en la parte de la izquierda sobresale un relieve del Castillo de Chichen Itzá que cita "se ve el equinoccio en Marzo y Septiembre". Estas máquinas pela-chinas -en el argot yucateco-, tienen el mérito de que cada una de ellas representa el sustento para una familia yucateca, y si dudan de mi aseveración pregúntele a los venteros de chinas, ya que en la temporada de naranjas, muchas familias yucatecas se ganan la vida vendiendo chinas peladas. El artilugio de Mondar Naranjas marca "Rubén Flores" -así como la guayabera, las canciones yucatecas, la miel de abeja Melipona y el chile habanero-, es un referencial a nivel nacional y mundial, y como muchos nos habremos percatado, era común observar en las esquinas a turistas esperando su naranja mientras el vendedor las pelaba con la genial maquinita. Dada la curiosidad que generaba la acción de pelarla y obtener la cáscara como una serpentina, eran adquiridas por los mismos visitantes de otros estados del país, así como extranjeros procedentes de lejanas tierras como Francia, Italia, Alemania y España. Asimismo, don Rubén inventó una máquina para encorchar el hilo de oro y la máquina industrial exprimidora de naranjas, que es accionada por medio de un motor de un cuarto de caballo de fuerza a base de una piña de bronce y de acero inoxidable en forma horizontal, que también se puede adaptar para triturar el coco. A esta interesantísima lista podemos agregarle que don Rubén tuvo también el gran mérito de ser uno de los fundadores del famoso bazar de hierros. ¡Por los calzones de Newton! Finalmente, tal y como cita el escritor francés Paul Valéry (ya finado): "No olvidemos que la gran gloria de un hombre exige que su mérito pueda ser explicado en pocas palabras". Y allá está don Rubén Flores.
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